El Pintor (Última parte)

Author: Devendrah /



"Era tanta su alma que sintió la necesidad de dejarla en otro lado" -D.



Otro escalofrío y una sacudida involuntaria al intentar reprimirlo. No, debía controlarse. Un frío en la nuca. El vestido comenzó a caerse a pedazos como podrido, la cara sin ojos despertando, moviéndose frenética en un intento de liberarse del lienzo que la aprisionaba. Las garras de mármol se extendieron en vano para alcanzarle la cara, pero su corazón se encogió de horror. Los cabellos negros volaron fuera del cuadro. Una vez más la lámpara comenzó a oscilar sobre su cabeza haciendo un ruido que parecía eterno fulgurar de isótopo. Su tímpano se dividió en mil y cada trozo voló y se posó en la palma abierta de la mujer del cuadro. El retrato de los ojos presenciaba la escena desde su cristal, inmune. Los demonios volvieron y le apuñalaban la cabeza desde dentro. La caja, el arcón, la promesa. Corrió hacia la habitación y abrió el baúl. Revolvió ropas de encaje, pañuelos de seda, telas extrañas con estampados gitanos y cuando por fin halló la cajita se le escapó de las manos y fue a dar a un rincón, debajo de la mesa de siete patas con la vela eje y el mantel giratorio, una naturaleza muerta tan viva.
-¡Edvard!
Una mujer de dos cabezas se hallaba cómodamente instalada en el sillón carmín mientras su hija miraba por la ventana el ocaso de las almas, los cuatro ojos observaban tranquilamente el rostro de un René que no era una pipa.
-Ese vestido no le pertenece- susurró él, presa del miedo -¿Qué hace usted con ese vestido puesto? ¿No ve usted que el ocaso se acerca y las flores están a punto de levantarse de sus aposentos? ¡Mujer, levántese y deje ese vestido, que no le pertenece! Las arañas vienen, puedo escuchar sus patas como pequeñas agujas perforando el pavimento. Y las estrellas se han caído del cielo, rodando desde el infinito obscuro envueltas en llamas. Fuego que vuela, árboles de manzanas celestes, hojas de plata.

La mujer se arrancó el vestido de un arañazo y dejó al descubierto su cuerpo de Vesalio. Los músculos colgándole de los huesos como retrato suave necesitado de muletas. Se contorsionó y las fibras le sangraron una por una, desprendiéndose con ritmo de violín muerto, Balakirev ahogándolo con Cziffra. Una, dos, tres gotas de sangre. Una, dos de bilis. Una, dos, tres lágrimas. Como si el fantasma de Beethoven flotara a su alrededor, la niebla de Elisa asfixiándolo con un olor dulce y el veneno. Elisa volviendo de la muerte, Camille disolviendo su mortaja, Grosz sonriendo al final del túnel.
-Te amo.

La pincelada final, una escala atonal y mil cuervos rodeando su mano con la paleta pegada. La mujer de la fotografía desaparece por completo, la casa en llamas y el cuadro mirándole desde una eternidad lejana. Esos ojos muertos que regresaron de la tierra y los gusanos, hijos de la podredumbre. Baudelaire y sus putas brindando por el retorno de la hija pródiga de los infiernos. El fuego lamiendo dulcemente sa peau qui ne sent plus à cause de la doleur para arrebatarle la vida a fuerza de llagas y otorgársela al retrato. La cera se despega del lienzo. ¿Cera? Lucha por revivir, revuelve mundos y debe saldar la deuda, los ojos no son los mismos. Después de la tumba, jamás lo son. Tienen el mismo color, las mismas pestañas, la misma vida, pero no los ha creado el mismo pintor. La piel se estira y colapsa. Un ente de café llena el techo y él no puede despegar la mirada de su propia piel carbonizada. Asciende al averno y mira a los ojos del infinito, éste le da la espalda.

 El pintor ha muerto y no ha muerto. Su cadáver ciego se arrastra por las calles pidiendo un poco de agua y la gente se retira con asco. Es un remedo de patata quemada que aguarda, sin éxito, en las esquinas a sentir un poco de frío o calor. De pronto escucha unas pisadas conocidas, no puede ver los pies pero sabe de quién se trata. Ella no se aleja volteando la cabeza, no le da agua ni le propina una patada, ella sólo se detiene frente a él envuelta en pieles y, ante semejante circo ambulante, ríe eternamente. El eco perdura en los tímpanos del pintor, la sonrisa en los labios de ella. El castigo por revivirla, el premio por hechizarlo; el lienzo ha dejado de ser blanco.





Imágenes:
Personaje. 1961. Remedios Varo
Street Scene. 1925. George Grosz.

El baile

Author: Devendrah /


"Si todos los sueños se hiciesen realidad, el mundo real sería una pesadilla" -D.



-La chica baila ballet. Tiene las piernas más hermosas que he visto en mi vida.
-¿Te gusta? Me refiero a que no parece tener más materia gris que un pájaro.
-Come como uno. Quizás le faltarán algunas proteínas para que logre conectar ideas, pero ¡por Dios, sus piernas!
-Hay miles de chicas con piernas bellas y un poco más de cerebro. ¿Tenía que ser ella específicamente? Tiene quince años, R. Terminarás en la cárcel.
La clase terminó. Sus ojos eran hermosos, no había duda. Tenían la belleza que les otorga una mente que no conoce sufrimiento ni nihilismo, seguramente ni siquiera conocía el significado. Las cicatrices en las muñecas eran  lo único que la hacía interesante a mis ojos, pero R. estaba fascinado. La conoció en una sex shop mientras ella buscaba su próximo atuendo para una fiestecilla de disfraces del colegio y él, pornografía. Es, quizás, la única persona que conozco que prefería comprar los videos en vez de descargarlos de internet. –Es como cuando lees un libro digital. No es lo mismo y siempre es preferible tener el material físicamente­- su frase bien podía haber entrado en un libro de superación personal (a fin de cuentas, Coehlo servía para lo mismo que el porno. Masturbación mental, masturbación física. Subestimación del poder de la mente, no era raro). Y mientras ella miraba los precios de los látigos, él miraba inocentemente sus piernas de pájaro danzante. Era como el agua, como un pájaro de agua que baila en los ojos de los sedientos.
No pude evitar mirarle las piernas yo también. Había bailado desde los cinco años y sus dedos eran deformes, pero daban los pasos con gracia. Si esa niña hubiese dado una patada a alguien, sus pies hubieran pedido perdón antes de hacerlo. También había pequeñas cortadas en sus pies, ligeras y casi invisibles; de pronto una voz que no conocía invadió mi cabeza y me dijo que no mirara las cicatrices. Levanté la mirada y sus ojos transparentes me atravesaron. Dejé solo a R. y volví andando hacia mi casa. No volví a verla.

Algunos años después, R. me contactó de nuevo y pidió verme lo antes posible. Habían pasado tres o cuatro años desde la última vez que le vi y cuando se acercó no lo reconocí. Se encontraba anémico, los labios blancos y la piel pegada a los huesos; habíase dejado la barba y el cabello crecer, y tenía un aspecto extrañamente atractivo y andrógino, como si la muerte caminase hacia mí y me sedujese sin hacerlo. Sus ojos habían adquirido un brillo de locura, posiblemente producto de las múltiples alucinaciones debido al consumo desmedido de salvia y hongos. Podría haberle desangrado picándole con una aguja y su sangre sería multicolor. –Había dejado el tabaco, pero intenté suicidarme en un viaje e hice una sustitución. Ahora el dinero que gastaba en drogas lo gasto en cigarrillos y plantas. Mi casa es una selva, tan literal como lo puedas imaginar- Le creía. Era un excéntrico, y esto era la principal razón por la cual lo había considerado un amigo. -¿Qué hacemos aquí?- le pregunté.
-Estás a punto de transmutar en confesor y cómplice- Su sonrisa estaba rota.
-Ya no pienso en cometer crímenes
-¿Los cometes sin planear? Vives al límite, ¿ah?
-El límite jamás existió.
-Me di cuenta hace unos años. Recuerdas a Alina, la bailarina de ballet, ¿no?

Mentí un poco. Sí volví a ver a esa chica después de aquel día en que su mente se conectó con la mía. Era diez años mayor que ella y la segunda vez que la vi sentí que la carne de los brazos y la espalda comenzaba a derretírseme. No hice nada por evitarlo, y fue la última vez que la vi. Era flexible y hermosa; mi primera impresión sobre ella había sido incorrecta y el brillo de sus ojos era de una inmensa transparencia y profundidad. Ese día no habló sobre R. y se limitó a pedirme que le hiciera pequeñas cortadas en las piernas, antes del sexo. Después de ese día no nos volvió a ver a R. o a mí. Tampoco R. me buscó nuevamente. Un día le llamé pero me arrepentí; decidí no volver a encontrarme con él.
-La recuerdo- dije
-Acabo de estar con ella.

Estar. ¿Qué grotesco sentido podía dársele a esa palabra? Considerando la araña mental que presidía la cabeza de R. podía significar verla desde el otro lado de la calle o haberla asesinado. Quizás algo menos extremista; no le creía capaz de asesinar fuera de su mente.
-¿Te buscó o la buscaste?
-La he buscado yo.
-¿Cómo la encontraste? – Sentí celos. Después de mi encuentro con ella y su consecuente desaparición hice todo lo posible por saber dónde vivía, su número telefónico o al menos sus apellidos, todo en vano. Parecía que se había evaporado.
-Ha estado en el mismo lugar desde la última vez que la viste- Esta vez sentí miedo. No sólo por el hecho de que R. parecía saber que había estado con ella y él no, era más bien algo en su expresión indolente. Algo no encajaba en su cara, ¿su sonrisa? ¿Sus ojos?
-¿Dónde, pues?
-No dirás nada- No me lo preguntó. Era en realidad una afirmación amenazante. Sentí un cuchillo metafórico en las costillas, o me convencí de que lo era para evitar asustarme aún más.

He mentido muchas veces en mi vida. Es un sencillo mecanismo de defensa y un extraño ejercicio de memoria. Me ha facilitado conservar un poco la cordura al tener que recordar cada falacia y la correspondiente imagen mental; me he creado una realidad que alterna entre lo verdadero y lo no verdadero. Repaso en mi cabeza los hechos que no lo son pero lo son al mismo tiempo, y quien los ha escuchado los cree de la misma forma que yo lo hago. Me he convencido de cosas que nunca acontecieron y puedo enumerar los más imperceptibles detalles del cuadro sobrepuesto que he pintado sobre mi existir. Algunas veces puedo ver el lienzo, y sólo es en las partes en las que se halla perfecto. El  arte de la mentira es infravalorado al punto de considerarlo nocivo. Todos mienten en algún momento de sus vidas, quizás incluso porque les parece necesario o benéfico individualmente. ¿Y ver por uno mismo es nocivo? No lo es, en absoluto. Se defiende el cuidado del cuerpo y la integridad a toda costa, cualquier objeción ante esto es producto de la mojigatería y falsa preocupación filantrópica. Se mira mal al mentiroso porque el grueso de las personas no son capaces de retener en su limitada mente el complejo entramado de historias que el mentiroso logra elaborar y recordar, citar, e incluso describir con detalle. La gente olvida. Por eso no son todos escritores de novelas. La novela de la vida es la más difícil de escribir, como crear una utopía personal, pintar una obra maestra viviente, y la obra maestra es uno mismo. Es un acto de perfeccionamiento, memoria y lógica; un paso hacia el abismo y hacia el cielo, la destrucción y la renovación, el cambio. Sin destrucción no hay renovación. Y, sobre todo, es creación. El ejercicio de Dios, dado que fuimos creados a su imagen y semejanza.
Mentí muchas veces y ella me mintió a mí, le mintió a R., se mintió a sí misma. A veces me llega su imagen cuando cierro los ojos, como una instantánea. Alina lavando la ropa, Alina sentada en la ventana, Alina cortándose las venas por enésima vez, Alina bailando ballet. Y hasta este momento creí firmemente que era ella quien me pensaba de vez en cuando  y le parecía un detalle amable dejarme ver qué era lo que hacía en el momento, o que hacía viajes astrales y me visitaba. Luego vi la mirada psicótica de R. y me di cuenta de que estuve equivocado.
Al parecer la había matado ese mismo día. Había estado en la misma habitación que ella y yo al mismo tiempo. Cuando salí, él mismo le había lamido las heridas de las piernas y luego la había estrangulado. No hizo intentos de violarla, sólo disfrutó ver cómo su cara se ponía púrpura y su voz murmuraba en dentro de su cabeza palabras de agradecimiento. Dudo sobre si era la voz de Alina o alguna de las voces femeninas que R. solía escuchar. Alguna vez una de ellas le aconsejó matar a su hermana y otra la contradijo, al final se pusieron de acuerdo y sólo la rapó mientras dormía. Hoy había estado con ella porque aún conservaba las cenizas en su casa, en algún lugar entre las plantas carnívoras y los helechos.
-¿Qué tan seguido lees el periódico?

Había dejado de recibir el diario al que estaba suscrito porque la vecina del departamento de abajo siempre llegaba antes que yo a la puerta. Un día decidí simplemente envenenar a su maldito gato y dejarlo frente a su puerta envuelto en hojas de periódico (no el de mi suscripción, porque esa mañana también lo había robado). Desde entonces cada diario que compraba contenía alusiones a gatos, siempre había algún anuncio o aviso oportuno que hablara sobre los detestables animales. Perdí el interés y paré de leer las noticias.
-No mucho, en realidad.
-Triste caso. Creí que alguien como tú estaría siempre al día de los acontecimientos, lo creí en verdad. Me he esforzado en que te enteres y resulta ser que el literato no lee los periódicos. Interesante ¿no crees en la prensa escrita? ¿No ves la televisión?
-No. Antes le creía a la prensa la mitad. Llegó el momento en que hasta el reporte climatológico era engañoso. Pensé en la cantidad de artefactos que hay para esos efectos, en Neil Armstrong, la carrera lunar, la expansión del Universo, la teoría de los cuantos, la teoría del Caos, física nuclear, física cuántica, ingeniería genética, clonación. Me pareció estúpido que se hubiesen logrado tantas cosas en beneficio de la humanidad y siguiesen equivocándose en la predicción del clima.
R. rió de buena gana –Terminarás protestando en contra de los terremotos.
-No necesito sermones. Dime ya por qué estamos aquí- Ya lo sabía, pero me provocaba un extraño placer saber que lo escucharía. Desde hacía varios meses se habían producido extraños acontecimientos en el estado. Bailarinas de ballet desaparecían cada semana sin razón alguna. No se había encontrado a una sola. La confesión estaba hecha ya de manera velada, pero quería escucharle decirlo. No podía decir que sintiera asco por él, ni miedo. Peor aún, no sentía nada. Le miraba con tranquilidad, estaba sentado frente a un asesino y ello no me producía la menor excitación. ¿Qué clase de humano soy? Uno deshumanizado, que sabe del sufrimiento y la tortura, no se inmuta y se excita sin demostrarlo (quizás hasta inconscientemente). Por eso encajo tan bien en la sociedad, por eso nadie duda de mis mentiras, y por eso tengo una vida social real. –Dímelo ya.
-¿De verdad no sabes por qué volví?
-Créeme que no.
-Tú mismo me llamaste. He viajado desde el fondo de tu cabeza para regresar. La primera vez que me llamaste, no estabas muy seguro e hiciste intentos de arrepentirte, pero ya te había escuchado. Todas tus voces habían desaparecido gracias a los medicamentos y sólo yo supe resucitar. No puedo creer que te olvidaras de mi existencia. Incluso soñabas conmigo.
-No lo recuerdo
-Por supuesto que no. Yo era un pájaro de agua onírico que bailaba ballet para ti. Tú te estás confesando contigo mismo, porque ya no soportas el hedor de tu obra maestra putrefacta del mismo modo que no soportas ya las plantas en tu apartamento, ni la acumulación de velas encendidas para los espíritus del vudú, ni el gemido fantasma del gato muerto de la vecina. Tú mismo acabas de sincerarte y dejaste de creer, destrozaste tu pintura utópica. ¡No corras!- Me había levantado del asiento sabiendo que se había vuelto loco. Estaba intentando inculparme, estaba tratando de volverme loco también. Corrí a mi departamento y lo encontré limpio, nada de plantas, ni velas, ni gatos fantasmas. Suspiré aliviado y de pronto miré al suelo. Era marrón, como la sangre coagulada y seca, había pastillas hechas polvo por todos lados y las paredes comenzaron a derretirse. La ventana se abrió y en lugar de aire fresco, dejó entrar un olor insufrible a putrefacción. Lo recordé todo y su voz resonó como un eco de la mía.
-Tú mismo lamiste las heridas del pájaro muerto.





Imágenes: 
La estrella. C. 1876. Edgar Degas
Tres bailarinas en una sala de ensayo. 1890. Edgar Degas.
El pájaro muerto. C. 1759. Jean Baptiste Greuze.
The dead patridge. C 1621. Jan Baptiste Weenix.


La grande terreur

Author: Devendrah / Pequeñas memorias: , ,




 "Liberté, egalité, fraternité" Devise de la République Francaise.



Decidí que les contaría todo. Absolutamente todo. Les llamé y les pedí que nos reuniéramos en el lugar de siempre, cercano a nosotros, con precios accesibles y cerveza a montones. El humo de los cigarrillos iba metiéndosenos en los ojos y salía de nuestras bocas ya como si nosotros mismos hubiésemos fumado. Aún no encendíamos los cigarros propios y ya sentíamos los pulmones henchidos de nicotina.
Las bancas de madera aplastaban nuestras nalgas de manera inclemente, pero entre más alcohol ingeríamos más suaves se volvían hasta que vimos el tugurio transformado en el antro de más caché de la ciudad. Mesas de cristal con tragos de colores, luces de neón y láseres, chicas guapas en minifalda brillosa y entallada con sus más altos tacones para no poder más que bailar en un solo lugar, moviendo los brazos y tocándose el pelo. A mi lado había una de ellas con sus amigas, sostenían las cervezas en lo alto, como esperando que llegara un pájaro y bebiera de ellas. Las chicas de los antros de mala muerte son siempre como las fuentes del Olimpo, borrosas como ellas mismas, Afroditas de látex con pastillas azules en la laringe. Agitaban los brazos, buscando un avión cuyo aterrizaje dirigir, jalaban mechones de cabello para provocar y abrían las bocas en espera de un amante furtivo, ebrio y sensual. Una de ellas se acercó tambaleándose a pedir un encendedor, en el camino tiró la mitad del contenido de su vaso y se agachó unos segundos a mirarlo, dejando a la vista su espalda entera. La blusa que usaba era de lentejuelas rosas y sólo le cubría el torso, anudándose con un hilo microscópico en la parte de atrás. Con esfuerzos inhumanos llegó a nuestra mesa y descubrió que había perdido el cigarrillo en el trayecto, me compadecí de ella y le ofrecí uno de los míos, a lo que respondió “No fumo, gracias”. Me encogí de hombros y continué charlando con mis compañeros, pero tocó mi hombro y me preguntó por alguien, un nombre impronunciable o mal pronunciado debido a su embriaguez. Le respondí con naturalidad que se encontraba en el baño y que esperaba que fuera a buscarle, y ella partió dando tumbos contra la gente y las paredes. No supe qué resultó de la travesía de la chica de la blusa de lentejuelas rosas, nunca la miré volver.


Volví a la plática con lentejuelas rosas en los ojos y ni un solo cigarrillo en el bolsillo. Quedaba media botella de cerveza y la apuré con los ojos abiertos. El resto seguía hablando y riendo, como si la noche fuera totalmente suya y las luces verdes no les perforara la piel como a mí, como si no se derritieran como yo. Algunas veces, cuando me estoy quedando dormido, siento cómo mi cuerpo va derritiéndose y expandiéndose por la cama, cómo inunda la habitación y sólo quedan de mí los ojos y el esqueleto. De pronto, mi esqueleto se levanta y mete la mano en mi yo derretido, como si comprobase la tibieza del agua de una piscina, como si meditara sobre si es la temperatura ideal para meterse a la tina de baño, y decide no hacerlo. En su lugar, emprende el vuelo y recorre la ciudad disfrazado de nube, mira salir la Luna de entre un horizonte esponjoso y negro, roza los árboles y los que escuchan las hojas chocar creen que es sólo el viento. Mientras duerme mi cuerpo deshecho, esparcido por los rincones de mi habitación, se evapora y muere un poco más. Luego regresa mi osamenta y encuentra la temperatura perfecta para darse un baño, entonces se enjabona con uno de sus ojos y se va lavando poco a poco todos los sueños que tuvo alguna vez, se enjuaga con mi ser licuado del suelo y de pronto abro los ojos para observar mis manos: están completas aún. Y la luz verde del bar las hace ver extrañas e inquietas. Todos siguen hablando, siempre hablando de las mismas cosas, las mismas personas, los mismos besos y las mismas manos curiosas. Ríen. Rien à dire. Su conversación estaba totalmente basada en frases para romper el hielo y no fue difícil volver a entrar en ella, aunque no fuera lo que más quisiera en el mundo. La chica de la blusa de lentejuelas había muerto, quizás, abrazada a la taza del baño de hombres. Sobredosis. La realidad siempre es demasiado horrible para soportarla, posiblemente ni siquiera se había dado cuenta de lo insoportable que se le había vuelto la vida y sólo lo llamó cariñosamente “depresión”.


Observé las bocas llenas de espuma parlante, los vasos vacíos y reí. Al mismo tiempo, todas las caras voltearon a verme, todos los ojos recordaron mi existencia, todas las manos se apoyaron en la mesa y alguien dijo “¡Miren! ¡Sabe reír!”, y todos reímos juntos. Ellos, de mí. Yo, de todo y nada en específico. Alguien debería escribir un manual básico de supervivencia en la sociedad, no porque las reglas de convivencia no estén ya implícitas con cada apretón de manos o cada palmada en la espalda, un saludo o un gesto, una frase reconfortante; no, deberían hacer más sencilla la existencia de aquellos que ven la simplicidad de todo acto humano y les hastía, todos seríamos iguales entonces. Mientras tanto, los valores de la revolución francesa siguen muertos. También deberían revivir a Robespierre, para que arreglara un poco el desastre de este país, para que ejecutara a todos. Maximilien François Marie Isidore de Robespierre. Et les trente voix de tous les cons à mon coté étaient ces des fous, ces d’eux dont yeux connaissent la trahison. Debían perecer.

Uno de ellos volteó a verme e intentó comenzar una plática conmigo, me desagradaba su boca escupiendo a causa del exceso de alcohol ingerido, pero más aún su conversación. Comenzó hablando de cine, sintiéndose un gran conocedor del cine francés y hablando de lo espléndida que le parecía Le fabuleux destin d’Amélie Poulin y Paris, je t’aime. Me parecía normal hasta ese punto, todos hacen lo mismo. Sonreí y asentí con la cabeza, no abrí la boca en media hora. Llevar una plática a base de sonrisas y asentimientos parece sencillo, pero cuando estás en desacuerdo se torna difícil, y cuando el idiota te explica cómo La metamorfosis de Kafka se parece mucho a La mosca de David Cronenberg (esa cosa extraña de ciencia ficción de los ochenta) piensas “por supuesto, es absolutamente comparable. Así como Presunto culpable es casi una versión cinematográfica de El proceso, también de Kafka. Este hombre debería recibir un Pultizer, debería ser canonizado, debería aparecer en a revista Time”. Entonces sacas el revólver que compraste expresamente para esta situación y dejas que la ira haga ebullir tu cerebro, y antes de cometer cualquier acto imprudente te levantas, lo dejas hablando solo y vas al baño. Te lavas la cara, te miras en el espejo y sabes que no podrás evitarlo, ese hombre se ha condenado. Su imbecilidad, su esnobismo, su mera existencia estorba en la mesa o el mundo. Pero a fin de cuentas la mesa repleta es su mundo en el momento, su vida se reduce al consumo de bebidas alcohólicas, drogas y sexo. Qué más da si muere en la mesa, en la calle o en un lecho de rosas.
Salí del baño con la camisa empapada y me senté de nuevo, los observé a todos y reí de nuevo. Algún gesto en específico debí hacer para que todos me prestasen atención, levanté mi vaso y brindé por cualquier cosa. Todos aplaudieron la idea y, mientras bebían, comencé. 

“Todos ustedes, amigos míos, deben saber que hoy les pedí que vinieran porque era necesario que les expresara el profundo sentimiento que siento hacia ustedes. En lugar de citarlos en un café los cité aquí, para evitar lo impersonal de lo que estoy a punto de hacer”. Para este punto, todos habían guardado silencio y me miraban atentos. Alcé de nuevo mi vaso y todos junto conmigo, “Salud” con la otra mano empuñé el S&W 60 y le apunté al primero. Disparé. “Por su hipocresía y mi odio. ¡Salud!” Miré la sangre correr por su mejilla y sonreí un poco más. ¡Otro brindis! Una chica que hace algunos meses me rechazó intentó correr a la puerta y una bala en la espalda detuvo su marcha. Su negativa me detuvo a mí antes, estamos a mano. Su novio se abalanzó sobre el cadáver, llorando y ahí fue más sencillo dar en el blanco de su camisa sudada. “La muerte es el comienzo de la inmortalidad. ¿No quieren ser inmortales?” grité, eufórico. Disparé aún más rápido y me pareció grandiosa la ley de la física que permitió que los cuerpos no cayeran deslizándose al suelo, si no que se inclinaran sobre la mesa y derramaran la cerveza sobrante. Vidrio, cerveza y sangre. El resto de la gente continuaba bailando en la pista, sólo un mesero se acercó. Comenzó a limpiar la sangre con gesto cansado y llamó a un compañero, que barrió rápidamente los pedazos de vidrio. “Les ofrezco una disculpa por la indisposición de mis compañeros para pagar la cuenta, pero puedo dejarles mi revólver”. Aceptaron gustosos.


Salí tranquilo del bar y compré un refresco. Me lo he bebido todo ya, pero la chica de la blusa de lentejuelas acaba de salir y me ha reconocido. La blusa va cayéndosele y yo le sonrío. Tiene un cigarrillo en la mano y yo aún tengo encendedor.



Imágenes: 
Grosz, George. Metropolis. 1917.
Grosz, George. Wild West. 1916.
Grosz, George. Lovesick. 1916.

Ensayo de escritura automática, op. 1.

Author: Devendrah / Pequeñas memorias: ,

Carne sin amor mientras nadie ni nada come, todas las moscas se arremolinan alrededor del toro.  El cubil esá desprotegido cuando los ojos vuelven a mirar. Nada, nadie. Las víboras siguen allí, el nido también. Un alma que intenta salir de la puerta, por la ventana, imposible. Podrían ser pirañas. Los hotcakes nunca responden el teléfono, la ventana siempre está al lado de la puerta y la luz que entra puede cocer un huevo sin lugar a dudas. Enchiladas de sesos humanos, el jinete sin cabeza no come más que eso. Luces sin alma, sin ojos, sin patas, pero con alas, vuelan sobre límpidas palabras y agua inmóvil, oscura, que envuelve a los incautos. Comprendan que la esperma recorre los troncos de los árboles, escurre, se los traga como hiedra blanca. Una vía láctea vertical, terrenal, imbécil. Cierra los ojos sin abrir la caja de los sueños, abre la ventana sin comer aire cuando salgas. Llora y ríe al mismo tiempo, diles que están locos. Dícelos, grítalo. Interrumpe su tranquilidad, su inmovilidad, para sacarlos de la corte de los muertos sociales. Irrelevante.
Paletas de sangre con hueso como sustento y vida. Me haces falta, enfermedad, me haces mucha falta. La inspiración se fue cuando él llegó, necesidad de depresión y actitudes suicidas para inflar las cabezas de los demás para que el tiro de la pistola no falle.

Manifiesto del misántropo suicida

Author: Devendrah /

"Análisis de un cadáver y amor a primera vista. Cuéntame las diferencias, doctor." -D.

He perdido mi fe en la humanidad. Ni siquiera me molestaré en despedirme, no merecen que mi boca les profiera un Adiós; no creo que les interese, en primer lugar, la muerte de alguien que no sea ellos mismos. ¡Son tan egoístas los seres humanos! Desde el vientre materno lo son. Absorben al hermano gemelo, le arrancan los nutrientes con actitudes antropofágicas (y luego se sorprenden de las tribus que practican el canibalismo. Tan hipócritas y críticos con los que no fingen), se chupan la vida de su hermano no-nato en un afán de sobrevivir. Son tan crueles los fetos que el primero en nacer ahorca al segundo con el cordón umbilical. "Yo seré hijo único, ahí te quedas". Y luego comienzan con la hipocresía de pedir un hermanito. Pero toda esa faramalla es cobrada por la vida mediante problemas psicológicos y fisiológicos, para que después descubran que el hermano gemelo sigue presente en forma de un tumor discreto que cobra venganza y toma lo que le quitaron a él antes de nacer.

Luego crecen, los desgraciados, y pueblan el mundo con sus exhalaciones carboníferas y gritos. Exigen comodidades, atan por ellas. Hacen miserable la existencia de otros como ellos (bien merecido se lo tienen) y de otras especies que ningún perjuicio les han causado. Cuando han desarrollado plenamente su maldad, se regocijan inventándose asuntos profundos como la moralidad y la bondad natural (meros intentos de justificar sus actos). En el dado caso de que la Pacha Mama, con justa razón, intente sacudirse unos cuantos de estos seres, le son achacadas las peores intenciones y se la maldice y escupe (cuando es en ella en la que habitan, dándose el lujo de mutilarla).

Después hay algunos que para explicar todo, nombran un poder sobrenatural, un motor primero que engendró (según ellos) el Universo; y justifican cualquier evento con él, incluso su hedionda existencia. Hedionda, sí. Porque hacen que el río más claro apeste con desechos que su fisiología imperfecta se encarga de excretar mas no de eliminar, o con sustancias creadas por ellos mismos con el fin único de hacerles la vida más cómoda (sin pensar en cómo se desharán de ellas sin dañar algo).

También hay otros imbéciles que se autoproclaman el pináculo de los seres vivientes por el simple hecho de no conocer enteramente a los otros habitantes del Universo. Se creen tan sabios y poderosos, son tan ególatras que niegan la posibilidad de más vida inteligente en el Cosmos que la suya propia.
Pero después de éstos, hay otros aún peores que se hacen llamar filántropos. Van ayudando a sobrevivir a los débiles imposibilitando la mejoría de una sociedad podrida. Éstos ayudan al resto de sus congéneres bajo la bandera de la bondad, pero en el fondo es culpabilidad porque saben que su existencia (ídem) ha repercutido tanto y tan negativamente que deben hacer algo para congraciarse con el Universo, o con el ser todopoderoso (cualquiera que sea su nombre).

Existen, por supuesto, algunos otros que estúpidamente creen ayudar a recuperar el equilibrio cósmico eliminando seres al azar, con la supuesta disculpa de una enfermedad mental (cuando, per se, el ser humano vive crónicamente padeciendo de sus facultades psíquicas).

Ni qué decir de aquéllos que creen que lo que determina si su existencia vale la pena o no, es su apariencia física (¡como si fueran muy diferentes de los chimpancés cuando usan abrigos de piel!).
Estando ya cansados de ser lo mismo que todos intentan ser originales, diferenciarse. Haciendo eso, vuelven a ser todos exactamente iguales.

He llegado a la conclusión de que la existencia humana es una hipocresía en su totalidad. Me encuentro en una posición de hastío y cansancio, pero más aún, estoy disgustado e inconforme de pertenecer a una raza "racional" que finge. No quiero ya formar parte de algo que tanto repudio. Siendo así, vomito mis últimas palabras y me retiro en espera de la pronta extinción humana.

Imagen: Figure with Meat. Francis Bacon.

El Pintor (II Parte)

Author: Devendrah /

"On pourrait questionner ses larmes, parce que sa bouche ne parle que mensonges." -D.


Lamió la palma de su mano izquierda y encontró rastros de sabor a quemado y hierbas finas. Tan interesante como un bebé recién nacido entre cabezas de pescado junto al Cimitiérre des Innocents, como un Oliver Twist que no sufre, como el penúltimo azote después de mil. Miró el cielo que bajaba con parsimonia, las nubes queriendo engullirle. La extrañaba tanto… pero no lloraba, vomitaba lágrimas de sangre espiritual por los ojos. Sentía un líquido correr dentro de su ser, como si todo él estuviera hueco y hubiera dado vuelta a sus ojos para observar el interior que goteaba, como su paleta repleta de combinaciones virulentas, de colores imposibles, poco naturales. Goteaba como el óleo reducido a casi nada con aguarrás excesivo. Goteaba coágulos de él mismo, pero aún no sabía si lo hacía sólo adentro o los seguía exteriorizando. El sol le lamió la piel de las manos y decidió entrar a la casa. El lienzo observaba desde la ventana, pidiendo a gritos una prótesis.

Besó el retrato, como siempre. La admiró a medias en la fotografía y completamente en la luz de su memoria.  El vestido horrible, medio desgastado, diferente. Miró los ojos. No era así como los recordaba, en su mente tenían más vida, en la vida tenían más vida.
-Cariño, no sé pintar tus ojos- le confesó dolido-  No puedo dar a luz semejante cosa con tan sólo pigmentos.
El viento cercenó el calor de su piel y le entregó la visión. El vestido de la pintura, elegido por ella misma, ondulante sobre su cuerpo. Los brazos extendidos invitándolo al abrazo mortal.
-No. Aún no- se esfumó al contacto de las yemas de sus dedos.
Sostuvo la paleta. El reloj. Las cuatro de la madrugada. No era la hora fatídica de siempre, los ataques se habían aplazado por fin. Arañó en silencio la tela por algunas horas más hasta que se quedó dormido sobre la caja de pinturas.
En el sueño se veía inmerso en un lago tranquilo, lleno de peces de colores. El sol ¿poniéndose o despertándose? Una barca de madera en el centro del lago, una sombrilla abierta dentro de ella. Se acercó dando vueltas debajo del agua, podría respirar. Era un pez, una salmodia de inconsciencia feliz, de tranquilidad momentánea. Jugó con las burbujas y las algas mientras se dirigía hacia la embarcación, se topó con tesoros hundidos y recogió de entre ellos una pulsera de oro destinada a la dueña de la sombrilla; la de la faz velada, de los hombros desnudos y el cabello ondulante color tabaco. Estaba a punto de alcanzar la superficie cuando algo le detuvo, nada físico, un presentimiento de que olvidaba algo. Regresó y revisó entre los collares y las copas de oro. Un pequeño carrusel de oro y piedras comenzó a girar y desprendióse de él una melodía extraña, hipnotizante, macabra. Giró cada vez más de prisa aumentando el vértigo que sentía el anfibio. Un alga ató su pie derecho y una espada tapizada de esmeraldas le clavó el izquierdo a las rocas. Ahora no podía respirar bajo el agua y sintió la presión de ésta contra las costillas, los oídos y el lóbulo parietal. La desesperación de nuevo, había conseguido colarse entre sus sueños. El ataque lo hizo despertar de súbito para darse cuenta de que flotaba en el centro de la habitación mientras todo daba vueltas a su alrededor con una velocidad incalculable. La misma música del carrusel, el mismo asco extraño hacia toda la dulzura del juego y lo que representaba, la vida encerrada en la metáfora de un carrusel maldito. La imposibilidad de moverse lejos, el alga y la espada aún en sus pies, aunque invisibles, férreas. Las manos tan heladas que le era impensable moverlas, crispar los dedos parecía un acto suicida. El aire de nuevo, lleno de gotas gruesas que le lastimaban sólo los ojos. Nada.
Abrió la ventana; Monet buscando la luz, Cézanne mirando Saint Victorie, una Virgen de Rafael ascendiendo, recién salido de una espátula repleta de pintura. Entrecerró los ojos, se quedaba ciego de a poco, pero la imagen de su amor seguía allí. Una ligera sonrisa detrás del cristal, la nostalgia.
Una mancha negruzca cubrió el huevo sobre el cuello de la pintura, el cabello de nido sin urracas, un nudo de plumas de cuervo.
-Péiname-
Acarició el óleo con el pincel, alisando cada hebra de sol.
-¿De verdad quieres que lo deje así?
-Péiname- le dijo en un hilo –Haz lo que tú quieras.
Un dedo le recorrió la espalda y le provocó un escalofrío
-Cariño…- le exhaló el aire en la cara. El mismo aliento dulce de naranja, la misma fragancia de vainilla.
Pintó con los ojos cerrados y el retrato calvo y preso en el cristal observó complacido. Exprimió decenas de tubos, empalmó manchas sobre manchas, suavizó la piel del rostro y las manos del cadáver cambiaban con destreza de pincel.
Un pliegue erróneo del vestido, una arruga de más. Más pintura y un poco más de trementina. Miró el vómito aceitoso de colores en la paleta y se sumergió en él, se sintió cerúleo y oliva, titanio y siena. Corrió entre sus propios dedos enredándose entre las crestas de pigmento seco.
Cuando por fin levantó la vista y observó el lienzo quedó petrificado. La figura excelsa presidía el cuarto, su escultura de mármol sin relieve. Tan perfecta, tan pura, tan ciega. No tenía ojos.
La boca estaba curvada en el mismo susurro que le había soplado el viento, las uñas que le castigaron el rostro permanecían apacibles sobre los dedos, el velo de la tela extraña imponía. La silueta castigaba, pero no miraba.
El papel de fotografía estaba casi vacío. Tan sólo permanecían un par de ojos verdes, ojos claros y serenos, éstos parpadearon y, con ellos, el mundo entero se sumergió en penumbra.
El sol estaba a la mitad de su recorrido cuando creyó mover la mano. Sus irises se movieron desesperados sabiendo que era lo único que podían hacer. La paleta con la pintura ¿Dónde? Estaba en la azotea, cuchillo en mano. Un charco de sangre rodeábalo formando un círculo perfecto. En una esquina del tejado había una vela y un cuervo devoraba el cadáver de un gato en la opuesta. La mano cercenada le atormentaba como si tuviera un agujero por hurgarla con un picahielo, carne molida y cruda en los bordes. Tres mariposas pasaron ante él.
-Cariño mío…
Parpadeó y se halló de nuevo frente al cuadro, pinceles en mano y con la espalda dolorida como si hubiese estado agachado detallando mil horas. Miró de pronto el vestido que con esmero le había escogido y planchado sobre el cuerpo y le pareció una mortaja, una Camille Monet en su lecho de muerte, con el rostro encogido, la momia de Nefertiti atrapada en los lentes sucios de Luis Leroy.
El aliento de naranja lo rodeó una vez más con su frescura, sabía que no podría resistir mucho al nuevo ataque. Había prometido no sacar la cajita del arcón pero… el escalofrío. Debía cumplir la promesa que había exigido en articulo mortis su amor.

El Pintor (I Parte)

Author: Devendrah /

"No soy una buena razón para sacarte los ojos y, sin embargo, me gusta mirar cómo lo haces" -D.
No es necesario, pero es bueno: Béla Bártok - String Quartet No. 4, I-II



El lienzo blanco lo amenazó una vez más con su chillido malsano. El infinito lo miraba y se sintió tentado a no llevar a cabo el acto pero desistió de su cobardía. Vació el cenicero repleto en su mano y se talló la cara mientras observaba el retrato de fondo negro. Era más bella en persona y la fotografía no le hacía justicia.
La primera pincelada era como saltar al vacío. Era tan Da Vinci y tan Miguel Ángel disecando cada músculo desde la memoria.  Retratando un cadáver, asediándolo a caricias yertas. Los pies helados y la madrugada colándose por la ventana. La memoria fresca como recién enterrada, detallada como de pintor flamenco. La pincelada fatídica y el recuerdo del viejo amor. El vértigo. Interiormente se gritaba “No caigas” pero se lanzó por voluntad propia. Sus ojos esperando en el fondo del abismo, allá donde no hay tanta obscuridad y la lluvia golpea los cristales implorando rozar su tersa piel.
Desde que ella murió había decidido no contratar modelo alguna. Los moldes perduraban en el fondo de su lóbulo izquierdo, intactos, como si le hubiera arrancado la esencia al cadáver antes de enterrarlo entre flores. Era hermosa, aún muerta seguía siéndolo, con su sangre estancada en las arterias y los ojos vueltos a la nada, seguía siendo hermosa.
Había completado un fondo tenebrista siguiendo el ritmo de sus cavilaciones. Sabía exactamente de dónde provendría la luz. Miró el retrato y una brisa intempestuosa abrió la ventana para llevarle un escalofrío. Se sentó lejos para admirar el avance. Tan perfecto, el escenario de la obra quiromante que combinaba todas las artes. Pintando muertos para revivir memorias.
Un rayo seguido de un sinnúmero de pasos ligeros que inundaron la calle y ahogaron los quejidos de los vagabundos de los portales. De momento volvió la desesperación enfermiza y la ansiedad arqueó su espalda como poseyéndolo.
-No de nuevo- suspiró.
Estaba atrapado entre esas paredes con el tamaño justo para lapidarlo. Otro ataque. Se golpeó el hombro contra la mesa y la cabeza con la esquina de la silla. Ésta se movió de un lado para otro como burlándose ante su mirada incrédula. La silla no dejaba de moverse y la cabeza sangraba. Una sola pregunta nació de entre el terror: ¿Quién? Y la palabra interrogante se repitió sin sentido en su interior como fractal estúpido. La silla dejó de moverse pero decidió lanzarse hacia la pared opuesta. Había pasado un año desde la última visión. Tanto dolor, tanto placer. ¿Por qué volvía en el momento menos indicado, azotando las ventanas y su cabeza contra el suelo?
-Por favor- suplicó, pero no había… nadie. ¿Quién? El eco pareció alimentar el fuego que consumía su cordura, o lo que quedaba de ella.
El viento gritó en sus oídos palabras obscenas, ayuda e inducción al suicidio. El juez debía dictar sentencia: La muerte auto infringida. Ya no encontraba para qué seguir allí soportando todo el sufrimiento que ni siquiera era suyo, en primer lugar. Dolor heredado como propiedad que debe restaurarse porque se cae a pedazos. ¡No tenía sentido! Y el zumbido tan agudo le perforaba las sienes y le salía por los recovecos de los globos oculares, martilleando, trepanando con la claridad de un cincel amaestrado por el mismísimo Donatello. Un pequeño error de cálculo en el golpe al mármol de su cráneo y éste cayó fragmentado. Vio su cuerpo mutilado y, consciente, tomó un pedazo de hueso. Lo admiró desde su perspectiva absoluta y atormentada. Una miríada de escalofríos le subió por lo que había sido una médula espinal y lo sacudió sin piedad. Lo sacudió mil veces y otra más hasta que no soportó y se rebanó el cuello con un pedazo filoso de su mismo cráneo. Miró cómo la sangre bajó hasta su esternón y jugó con ella. La piel se le cayó a pedazos rápidos hasta quedar desnudo. Vanitas. Claridad e inconsciencia.
Sol en la cara. Mero sol, nada de calor matinal. Despertó a golpes de cafeína. Había conciliado el sueño a un lado de los trozos de cristal de un jarrón y el agua pútrida de las flores. Intentó recordar, nada. El viento soplaba, callado, más bien una brisa ligera. La silla única reposaba del otro lado del cuarto, las ventanas abiertas. El cuadro con fondo espectacular lo apremiaba a levantarse y continuar. Recogió los pinceles y exprimió un tubo de pintura. Dejó que se mano deslizara libre sin buenos resultados y lanzó el pincel hacia algún otro lado más útil. Tomó el óleo con tres dedos y con el pulgar, la trementina. Esparció el titanio con fervor imaginando un cráneo aplastado contra una silla, contra una nube. ¿Quién? Había reposado apenas unos segundos cuando recobró la consciencia. El sol se estaba ocultando.
Tenía la cara repleta de aceites y el cuadro le observaba complacido por el tratamiento. Había esbozado victoriosamente una figura humana entre blancos, verdes amarillentos y ocres. El fondo era un gran telón y el soliloquio estaba por comenzar. Miró el retrato, su pulcro fondo blanco y la cara blanqueándose de desgaste por tantos besos y tanto recordar. Si hubiera podido, hubiera muerto en su lugar, habría entregado el alma, habría cambiado sus más preciados hijos sobre lienzo (que era prácticamente lo mismo). El fotógrafo no hacía justicia al brillo de sus ojos. Llega un momento en que la pintura sobrepasa a la fotografía, captura la esencia y la eterniza si el pintor carga el pincel con sentimiento puro en lugar de pigmento.
La toma sólo enfocaba de sus hombros al horizonte por encima de su cabeza, lo lograba retratar sus níveos brazos, ni la gloria de sus piernas, mucho menos el viento congelado en su cintura. Lo mismo hubiera dado, tampoco hubiera podido capturarlo con éxito.
Pero el fotógrafo no la amaba como él. Él escribiría una oda, haría de su piel un cielo vivo, retornaría a los tiempos en que el sol calentaba su pelo y los envolvía. Éste se había escondido ya, y los puntitos brillaban, cicatrices de tercer grado en la piel celeste. Retomó el pincel y con él un poco de su elocuencia para con la vida. Pigmentos, el abanico, la fina punta de un par de pelos para los detalles interesantes. Besó el retrato una vez más y durmió en el sillón desde donde observaba el progreso. Antes de caer en la inconsciencia miró el reloj: Las tres de la mañana. Madrugaría para continuar.
Abrió los ojos y no pudo ver nada. Parpadeó un par de veces y pudo distinguir algunos muebles, apretó los párpados una vez más y divisó el lienzo. Miró el reloj, las tres de la mañana. ¿Había dormido un día entero o no había dormido en absoluto? Igual se sentía descansado para continuar. ¿Comer? Después. Aún había grasa suficiente pegada a sus huesos.
Perfiló el vestido. La copia no era su estilo, sin duda. La tela le quedaba muy brillosa o muy opaca, muy lisa o muy crispada. Optó por preguntarle a ella si le agradaba. Se sorprendió al percibir un levísimo susurro que decía “no”.
-Decide tú tu vestimenta, entonces, querida. Guía el pincel, porque yo ya no puedo con esta tela- le espetó al retrato.
Abandonó el vestido por un rato y se dedicó al rostro. Las luces y sombras alrededor de los ojos y la boca resultaron olivosas, cadavéricas. No le dio importancia, lo arreglaría después con un poco de blanco y sienta, tal vez algunos puntos de bermellón en las mejillas.
Para ese momento ella ya había decidido la tela y confección de su vestido y así se lo comunicó. Un pequeño estremecimiento, logró ignorarlo. Cuatro pinceles diferentes en la mano y uno era el decisivo, el que daría o no la textura deseada, la arruga necesaria, el brillo o la muerte. Otro estremecimiento. Miró el reloj y no pudo distinguir las manecillas.
-De nuevo- se resignó.
Un estremecimiento mayor lo tiró al suelo y le impidió levantarse; con la mejilla pegada a la madera imploró a todos los santos en los que no creía más que en crisis como ésa.
Miles de manos tocando las Variaciones de Schöenberg, cada una con un compás de diferencia. Sintió la ola de desesperación y angustia subir por su esófago y las tradujo en vómito sanguinolento. Indefenso ante todo sintió el aire en la espalda que lo levantó hasta el techo. Desde allí observó cómo ella recorría el cuarto, las hojas tocándole el cuerpo mientras caían convertidas en cristal. La tierra abriéndose a su paso. Él estiraba los brazos en un intento patético de tocarla una vez más mientras su cabeza se expandía como llena de helio, ansiosa  por explotar. La taquicardia. Los dedos convertidos en tenedores. Gritó su nombre y sólo agujas salieron de su boca. El asco y el terror se apoderaron de su organismo débil y convulso. Ella miraba el retrato y él la llamaba. En un último momento, ella giró la cabeza. Ya no hubo agujas y un grito perforó el alba. No tenía cara.
Despertó en el jardín, cubierto de hojarasca mojada de rocío. Entró y comprobó que el cuadro seguía allí y lo saludó cortésmente.