Retazos de lo que fue, es y será por una Eternidad
Author: Devendrah / Pequeñas memorias: memorias, os odio a todos, soledad"Me gustaría que lloviese y ver la luna. No me gusta llorar viendo la luna. Pero me gustaría llorar si lloviese" -D.
Nota: Favor de escuchar Cohen's Masterpiece al leer.
http://www.youtube.com/watch?v=uDvrfPVxRdw&feature=related
Qué horrible se torna lo más hermoso al volver la vista hacia el punto de encuentro de dos llamas, y una ellas provoca la extinción de la suya propia. La colisión de ambas, tan limpia y seductora, tan enamorada. Y él observando, con el ardor en los párpados, la manzana atorada en la garganta, la boca llena de arena.
¿Hacerle reventar?
¿Qué hace allí? Su masoquismo es tal que le impide moverse,
cerrar los ojos,
pensar en otra cosa,
aventarles un tomate.
que haga su mente navegar hacia otro espacio?
Los pasos, las voces,
todo ha enmudecido y
se ha visto reducido a un punto de luz en el que sobresale la pareja.
Un trueno.
Más lluvia.
Obscuridad y lluvia. Y piano.
Todo ha terminado.
Son retazos de un espíritu mutilado.
Cuento corto para un Espíritu Roto
Author: Devendrah / Pequeñas memorias: cuento corto, narraciones, soledad"Me agradan las tardes lluviosas. Me recuerdan tanto a los velorios..." -D.
Le pegué, lloró y se fue. Ahora estoy yo solo, con mi vaso en una mano y un libro en la otra. Camus, El Extraño. Extraño me siento yo al contemplar la mano que sostiene el vaso. Tan distinto a la otra, incluso mis manos sonpolos opuestos, una sostiene invariablemente el vicio con la otra acaricio el piano o las páginas de un libro. Le pegué, lloró y se fue. Mi ego me impide ir a buscarla, y mi mismo ego ruega por llamar a S. No. Prometí no hacerlo. Le pegué, lloró y se fue. Y en cuanto cruzó la puerta con sus valijas en las manos, juré que le guardaría el cuarto intacto. Y juré que por lo menos intentaría mostrarme afligido a su partida. Juré que en los días consiguientes no llamaría a S., no intentaría llenar el vacío que me dejó, con otra. Llamar a S. sería lo más predecible después de que ella cruzara la puerta.
Le pegué, lloró y se fue. Aún tengo sangre en la cara, mía. La sangre, no la cara. La cara me parece tan... ajena, de loco. Estoy loco, siempre lo he estado, no sé por qué me parece diferente. Antes de irse, me golpeó. Con lágrimas de rabia en los ojos, me rompió una botella en la cabeza. No recuerdo sus últimas palabras. Todo comenzó a nublarse con mis ojos al nivel del suelo. Sólo sé, y recuerdo bien, que le pegué, lloró y se fue.
"La inspiración se prostituye a veces a muy bajo precio, también hay veces en que se larga sin cobrar" -D.
Recordaba aquella mirada azul mientras caía entre obscuridad. La tersa piel, el sedoso cabello y el sarcasmo cortante. Oh, qué bella se le figuraba ahora toda su presencia, toda ella. Era la encarnación de su pensamiento, la viva imagen de las pinturas que había hecho sin conocerla, la sutil mezcla de defectos y virudes que, a su parecer, conformaban la perfección. Y se la habían robado.
¿Qué habría al final de su caída? Piedras, pasto, agua quizás, en el peor de los casos. Se había arrojado casi sin quererlo. Con los ojos cerrados y la espalda hacia el vacío. Sintió cómo el aire le había empujado suavemente con su mano de seda.
Y abrió los ojos. No era la mano de seda de una brisa tenue y sutil lo que le había empujado desde la orilla. Sus ojos brillaron con aquél fulgor azul que tanto amó. La piel se veía más blanca a la luz de la luna y sus negros cabellos volaban como murciélagos alrededor de ella. Vorágine, vértigo al caer de espaldas. Ahora sentía miedo a la muerte. No se estaba suicidando. No había sido una decisión suya el caer de espaldas hacia el abismo, su alma seguía parada junto a ella, observándole bajar flotando como una pluma por entre las rocas salientes. Esperaba estupefacta su final, le miraba y ondeaba un pañuelo blanco como despedida. Ya estaba demasiado lejos ¿Cuánto tiempo llevaba cayendo? No podía ver si lloraba siquiera. Su visión se había tornado borrosa y ella parecía un punto blanco que se alejaba entre imágenes de infancia y pubertad infelices que sucedieron al cuadro de su cuerpo en un ataúd de roca.
Déjate caer. El viento le sumía con su dulce mano de seda, cerró los ojos de nuevo. Lloró. ¿Cuánto tiempo llevaba cayendo? Su amada le mataba después de mil y un caprichos concedidos, uno de ellos asistir a la ceremonia pagana de Luna Llena en que se hayaba cómoda. Traicionó su vida pasada, traicionó su porvenir. Llenó su cuerpo de excesos por ella, tatuó en su alma un símbolo de fidelidad hacia su esbelta figura y sarcasmo constante. Vivió como jamás planeó vivir, como jamás fue su sueño hacerlo. Sacrificó cualquier comodidad occidental, terrenal para vivir con ella, como ella. No fue correspondido tal sacrificio y ahora se hallaba cayendo por un túnel de obscuridad infinita, ¿cómo saber que era un túnel?, de extensión desconocida. Vivía la definición de la palabra infinito, sentíase capaz de plasmar la sensación para transmitirla a la humanidad. ¡Oh, gente banal que ha vivido en un engaño por milenios! ¡Error fatal el de un diccionario al encasillar algo tan enorme e indescriptible como el infinito en unas cuántas líneas! ¡Error fatal el de los humanos al definir cualquier cosa en meras palabras, símbolos carentes de valor alguno! Apretó los párpados y los puños, clavándose las uñas. Sintió correr un líquido que le salpicó los pies desnudos. Estaba cayendo, no puede algo escurrirle y mojarle los pies.
Abrió los ojos y se encontró parado al borde de la cornisa. Su equilibrio comenzaba a fallar y tuvo que dar un paso hacia atrás. No había viento, la hierba no se movía. Miró al cielo y pudo ver un cuervo detenido en pleno vuelo. ¿Qué sucedía? El aire no circulaba por sus pulmones y sin embargo no se sentía asfixiar. El infinito por el cual caía dejó de empujarle hacia abajo, no había nada que le retuviera en aquélla sensación ¿O lo había todo? El equilibrio no debía romperse. La total existencia está basada en un equilibrio invisible y autómata. Quizás estaba ya tan pegado a la tierra que... Si él estaba allí, parado en la orilla del precipicio, ¿Quién caía?
Dio un paso hacia adelante y miró a lo que esperaba fuera obscuridad. En un ángulo agudo se encontraba cayendo su amada joven de la piel de leche, ojos de cielo y cabellos negros. Los brazos extendidos, pero no como cualquier persona a punto de caer, intentando aferrarse al ser que le empujó; sus brazos tenían una gracia elegante y resignada. Parecía disfrutar sus últimos segundos atada a la tierra, bailar hacia el infinito. Quizás... había descubierto su engaño y se privó de cualquier sentido. Al privarse se detiene el flujo del tiempo y el sonido ¿Sucedió? Parpadeó. La cara le sonrió y el tiempo decidió continuar con su curso normal. Fue un arranque inesperado, insensato, agresivo. Cayó como recuperando los momentos en que estuvo estática.
Quizás nunca despertó del sueño en el que se sumió. Quizás descubrió la infinidad de estrellas que habitaban dentro de su manga. Pero tal vez tan sólo miró al cielo y sintió su cuerpo elevarse por entre las nubes, el aire rozar su cara y sus pies desnudos. Recordaba aquella mirada azul que se sumía en obscuridad. La tersa piel, el sedoso cabello y el sarcasmo cortante. Dio un paso al frente, pero sintió cómo el aire le había empujado con su tersa mano de seda.
"Déjate caer. La Tierra es al revés. La sangre es amarilla, déjate caer..."
"Carezco de optimismo. Carezco de muchas cosas, y... no me hacen falta. Me hacen falta las cosas de las que dispongo" -D.
Acostumbrada como estaba ya a la compañía de la gente, el axioma de que habría alguien a un kilómetro, dos o mil, me resulta extraño este sentimiento de soledad que aunque anhelado por bastante tiempo, experimentarlo ahora me hace sentir vacía.
Detesté la relación con la raza humana desde que tengo memoria y aún así su contacto me daba cierta seguridad. Antes de aparecer aquí peleaba con alguien. Sin asunto, nombre o rostro definidos. Antes de aparecer aquí maldije a la humanidad como jamás lo hice antes, até cabos y llegué a una conclusión. Después de razonarla parpadeé y me encontré frente a la puerta, rodeada de obsuridad, rodeada de... nada. Puede que el castigo de toda una vida resida en este espacio obscuro y mi penitencia será sentarme durante una eternidad frente a esta puerta blanca y quemarme los ojos con su fulgor mortecino. He intentado ya explorar la negrura que hay más allá de ésta pero descubrí que una vez lejos comenzaba a alucinar un poco pero sin perder el suelo. Suelo, ¿cómo saber si no estaba parada en el techo? ¿O quizás estaba acostada?
De un momento a otro mi vida cambió, o mi muerte. Momento, qué curiosa palabra. ¿Qué hago aquí? ¿Para qué estoy aquí? Me pregunto también si el tiempo existe aquí donde no hay gente muriendo y envejeciendo. Medimos el tiempo con el desgaste que observamos en los demás, en nosotros mismos, en las cosas. Aquí ha dejado de regir mi existencia si es que existo. Tiempo. Tiempo para todo; para pensar sobre una relación, tiempo para superar una pérdida, por pequeña que sea, tiempo para comer, para dormir, bañarse. ¿Qué esxtraño ser es éste que nos limita y rige con mano de hierro? Dejemos de lado al Dios que conocemos, al Buddah en el que algunos depositamos nuestra fe, al Alá de los desvelos de algunos, dejemos de lado todos los demás nombres sobre los cuales depositan algunos sus esperanzas. Olvidemos todo y dejemos solamente a algo a lo que hemos dotado de nombre pero no creemos haber dotado de vida, porque le tememos, le odiamos cuando parece acelerar su paso y desacelera sin previo aviso. El tiempo no suele ser benévolo cuando tenemos prisa, tampoco suele serlo cuando se está aburrido. Está vivo. Nos observa y es un dictador eterno que ha vivido y vivirá hasta que ponga, él mismo, fin a nuestra existencia. No hay candidatos a tomar su lugar, apañó su territorio y nos hizo sus súbditos de manera autoritaria.
Pero aquí el dictador está muerto. ¡Fiesta! No rige más mis desvelos y anhelos. No envejezco, no tengo hambre ni sueño. El único indicio de que quizás me deterioro es la pérdida de color, me vuelvo grisácea. Y me vuelvo loca. Necesito un contacto humano con quien intercambiar dos palabras, media palabra, para saber que no he perdido la voz. Los oídos me estallan de tanto silencio. Un zumbido, un crujido, espero cualquier cosa, pero no llega nada.
Pasa y pasa lo que intento llamar tiempo. Extraño su autoritarismo, su totalitarismo cruel y desgraciado, su mera presencia, y no vuelve. De pronto oigo susurros. Me acerco a la puerta y pego la oreja. ¡Sí! ¡Susurros! ¡Del otro lado de la puerta! Intento en vano romperla, abrirla. Grito hasta que creo que se me cansa la garganta, no sé si por el esfuerzo en vano o por tanto gritar. Escucho de nuevo. ¡Sí! ¡Es la voz de un hombre! No comprendo lo que dice pero poco importa. Comienzo a hablar por lo que siento que es una eternidad. Hablo, hablo, a veces río, a veces lloro. Por fin llego a un acuerdo conmigo misma: Derribar la puerta a cualquier precio. Detrás de ella se encuentra mi salvación. Paso todo el "tiempo" con la oreja pegada a la puerta y así comprendo por fin que mi amigo del otro lado tiene un cuchillo, se siente solo y tampoco le agrada el silencio.
Tengo un plan y decidí que ahora mismo derribaré la puerta. Mi amigo se ha desesperado y necesita contacto humano urgente. Susurra por un rato y, cuando ha terminado, le cuento el plan. Me pongo de pie e inhalo profundamente. Miro por la cerradura y sólo hay obscuridad. No hay más, abriré la puerta.
Me aferraré a mi única salvación. Nos acompañaremos juntos en esta eternidad obscura, pero nunca más silenciosa. Seremos dos, y le daremos vida o muerte a la negrura apartada de la puerta. Descubriremos juntos, a partir de ahora, qué hay más allá de ella y nos perderemos en la infinita extensión del abismo.
Respiro y grito con todas mis fuerzas: ¡Retírate! Me alejo de la seguridad luminosa para tomar impulso y corro. Pateo la puerta con todo mi peso y ésta cruje como si llorase. Pego la oreja al trozo de madera y lo que escucho me hiela. Gritos desesperados de mi amigo quien, en su propio encierro, piensa que jamás saldrá de allí. ¡Retírate! Grito de nuevo. Tomo impulso una vez más y pateo la puerta, que cruje de nuevo. Presto atención para distinguir cualquier sonido y de pronto parece haber desaparecido la barrera de madera. Escucho con toda claridad un ruido sordo. Algo metálico se hunde con un sonido chicloso y visceral. No puedo moverme por unos "segundos". Miro a través de la cerradura, tengo escalofríos. Mis ojos parecen separarse de mi cuerpo, atraviesan la puerta. Ahí está él, cayendo con un ruido sordo. Un charco de tinta le envuelve al igual que la misma obsuridad que yace tras de mi. Mi esperanza, mi salvación yace muerta delante de mis ojos. Lágrimas corren por mis mejillas. Mi única esperanza de vida, de continuidad, de cualquier cosa, se había ido. Se quitó la vida frente a mi. Me desvanezco y lloro acurrucada frente a la puerta. No sé cuánto pero sé por qué y cuando termino observo el abismo. Miro por última vez la puerta, con su luz blanca y emprendo el camino. La obscuridad engulléndome poco a poco, el silencio haciéndome estallar los tímpanos, y la puerta... la puerta fue perdiéndose de a poco, no miraré atrás.
"Se siente cierta tibieza en los párpados cuando las lágrimas salen de su recinto. Tengo un sentimiento atorado en la garganta y no puedo vomitarlo. Es intentar regurgitar algo que no se ha consumido aún" -D.
Ayer, al recostarme en la cama, preví cualquier ataque a mi persona y me aferré al cuchillo. Al abrir los ojos me descubrí aquí, o allá. No lo sé. No conozco la extensión del recinto ni tampoco si hay otra salida. Hace poco caminé lejos de la puerta y por poco pierdo el camino de vuelta, es la única fuente de luz, la única salida, la única acompañante. No siento nada, no me duele nada, pero me siento solo. Terriblemente solo en medio del más sepulcral silencio. Cuando hablo conmigo mismo para ejercitar la garganta ya no sé si estoy imaginando mi voz o de verdad estoy hablando.
Hay paredes que me rodean, puedo sentirlo. Sé que las hay porque paso el tiempo palpando los contornos de la puerta. Qué curioso se me antoja el tiempo ahora. No hay ni sol ni luna, minutos o días. Tampoco tengo hambre, no tengo manera alguna de sopesar el tiempo que llevo aquí... tiempo. El tiempo ha dejado de ser inexorable. Las reglas han cambiado para mi.
Se me entumen los ojos al mirar todo el tiempo la perta. No puedo abrirla, quebrarla, nada. Intenté incluso meter el cuchillo en la cerradura y romperla. Es inútil, está sellada y es demasiado gruesa como para apuñalarla. No tengo sueño pero me arden los ojos. Por lo menos aún conservo esa sensación. Por molesta que sea en la cotidianeidad se vuelve una esperanza, un recordatorio de vida para mi.
Quizás no ha pasado mucho tiempo, quizás sí. ¿Cómo saberlo? Pero comienzo a sentir y ver que pierdo color. No me pongo pálido, me vuelvo grisáceo. Miro mi reflejo en el pomo de la puerta y puedo ver, aunque distorsionado, que mis colores humanos se van apagando. Escucho susurros que me dicen que no es verdad. ¿Cómo saben lo que estoy pensando? Estoy seguro de que no lo dije en voz alta. ¿Alta? ¿Qué es alto en un lugar donde el más mínimo sonido es plausible? Cállense voces, no quiero conversar hoy.
Cierro los ojos por un rato e imagino mi hogar. Mi sillón café enfrente de la chimenea. El tapete bajo mis pies descalzos se siente tan bien... El pelo de mi gato, que se subió a mi regazo en cuanto me vio. Los ladrillos de la pared desnuda. El pelo de mi gato es tan sedoso y su ronroneo casi imperceptible. Abro los ojos. La puerta.
Las voces interrumpen súbitamente el silencio diciendo cosas ininteligibles, gritando, chillando. Suplican, exigen, regañan todas a la vez. ¡Cállense! quise decirles, pero no sé qué tan peligrosas pueden ser. No sé si me escucharían. ¡Cállense! supuse gritar, pero el aire entró por mi boca y salió ileso.
No puede ser. De pronto todas callan. Una sola voz toma la palabra, es grave y severa. Impone respeto. Me está pidiendo algo, pero está demasiado lejos. Lo repite, una y otra y otra vez. Parece que se acerca. No entiendo lo que dice. Pongo atención, acallo los murmullos y escucho. Suicídate.
Miro el cuchillo frente a la puerta y escucho de nuevo. Nada, los murmullos vuelven y se acrecientan. La voz grave se fue. Gritos, chillidos. Miro la puerta, volteo hacia la obscuridad. Cierro los ojos y las voces continúan gritándome, mareándome. Sea pues, lo que ellas ordenan.
¡Lárgate! ¡Que mi más sincero desprecio te llene y te haga explotar en llanto! ¡Y que con él fluya fuera de ti todo sentimiento hacia mí! No morirás en mis brazos, no prestaré a tí mi hombro para que lo empapes con tus sentimentalismos idiotas, no tocarás mis labios con los tuyos ni una sola vez más. Y aquellas noches en las que nos recostábamos, no importando dónde estuviéramos, y mirabamos el cielo... No. ¡Vete! ¡No quiero recordar más! ¡No quiero sentir más el dolor que tengo atorado en la garganta! ¿Lo sientes? ¿Sientes la tierra caer sobre tu ataúd? Hago el más infinito esfuerzo por no escuchar tus gritos, tus ruegos. Me pides que no te deje ir. ¿Qué debo hacer, Dios mío? ¿Debo sacarle de allí? ¿Debo dejar que se pudra en su castigo? ¿Dejarle sufrir, salvarlo, purificarlo? No me arrepiento. He tirado el primer puñado de tierra sobre él, he tirado un cardo y un crisantemo amarillo. Los helenios guardan tu tumba, escuchan tus lamentos, emulándolos y las ortigas abrazarán tu féretro, lo estrecharán dándote lo que no pude darte yo jamás. Ahora he sembrado zinnias en mi jardín, las cuido con el esmero con el cual te ignoraba y engañaba. Quemé tus cartas, tus fotos, tu recuerdo. Les he incinerado junto con mi corazón. Enterrar tu vitalidad y mi amor juntos me quiebra por dentro. Pero es lo que mereces. ¡Vete ahora! ¡No grites más, te lo ruego! ¡Terminen ya de cubrir esa tumba! No soporto más la vista del ataúd que guardará tu cuerpo aún con vida. ¿Con vida? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo durará el aire puro dentro de tus pulmones antes de deplazarse, volverse imaginario? ¿Cuánto antes de que la sangre se coagule en tu cerebro? ¡Vive, amado mío! ¡Levántate y anda! No puedes. Te han truncado el camino con tierra fresca y lágrimas. Vuelve. Me he arrepentido. Ahora puedo dejar que mis propias lágrimas recorran el suelo, lo inunden. Debo irme, todos lo hacen. Pero prometo volver. Debo volver, no me he ido. Mi mirada está perdida en el coche que me transporta. Sigo viendo tu rostro, escucho tu voz, siento tu carne. Siento tu espíritu. Nadie me habla en el trayecto, nadie lo hace en tu trayecto. Y lo pienso de momento. ¿Sobrevivirás a mi abandono temporal? ¿Desgarrarás el interior del féretro que te contiene?
Y la luna sale de su escondite veraniego y se posa sobre mi. Mi sombra proyectada me asusta, me asusta seguir escuchando tus lamentos debajo de la tierra. ¿Te ha tragado el Mandinga? ¡Sal, amado mío! ¡Levántate de tu fría, pero fresca tumba! ¡Remueve la tierra con tus gritos! Mi deber es ayudarte a salir, así como lo fue ayudar a sepultarte. Te puedo escuchar, ya llego, amor. ¡No grites más! ¡Tu desesperación alimenta mi desesperación y la convierte en hambre de tu cuerpo! Yaces allí, me esperas. Mis manos, yertas de frío, no pueden dejar de escarbar. ¡Comienzo a ver tu ataúd! ¡Amor, qué poco falta para reencontrarnos! ¿Podrás perdonarme? La luna comienza a retirar su apoyo a mi tarea. Las nubes están en mi contra, y la lluvia no amaina. ¿Cómo he de sacarte ahora? Soy tan débil. Ahora que pude abrir el contenedor de muerte, puedo sacarte, y puedo verte de nuevo. ¿No hablas? ¿No me das las gracias? Vamos, puedo ver el agradecimiento en tus ojos. Y has vuelto una vez más a mi lado, siempre lo hiciste, siempre lo harás. Por la eternidad mantendré tu cuerpo junto al mío entre un mar de velas que iluminarán nuestros días, nuestras noches. Ni la muerte pudo separarnos.
"Para escucharse con C'est la Vie - Fleetwood Mac o D'amor Sull'alli Rosee - Maria Callas" D.
"El humo llena nuestra cabeza, aunque nosotros mismos no lo sepamos. Inunda cada rincón y siembra dudas. He aquí el origen de los sueños, el origen de la vida, de nuestros sentimientos y de cualquier cosa que a tu mente inundada de humo se le ocurra imaginar" -D.
Había humo de cigarro nublando la vista. La apuesta subía. El recuerdo de su mujer no daba siquiera una mínima ronda por su cabeza. Las copas hacían tambalear la vista de cada jugador. La apuesta subía otra vez. La música se colaba por entre los huesos, cada ser, cada mente. Era la última ronda. No quedaba nada más que apostar, no quedaba nada más que beber, y no quedaba nada con qué pagar la bebida. Que les echaran de su bar favorito no parecía una idea agradable a esa hora de la madrugada.
_Voy con todo_ dijo muy seguro.
Una sonrisa se dibujó en los finos labios del hombre frente a él.
_Mi querido amigo, he de deciros que ha sido un enorme placer jugar con vos. Pero la velada ha finalizado_ escupió al mostrar su juego perfecto.
Palideció de golpe. Había perdido todo. Estaba demasiado ebrio para alegar cualquier cosa y no sabía siquiera dónde encontrar el baño para vomitar por última vez. No es que tuviera algo en el estómago que vomitar, había gastado el sueldo de los últimos cuatro meses en el juego.
_Joaquín, creo que es momento de que regreses a tu casa. No te ves nada bien_ le susurró al oído su mejor amigo
_No.. _balbuceó_ Mi mujer, está con otro... Es.. tan solo una..._
_Vamos, Joaquín. Levántate. Te llevaré a tu casa_
_ ¡No! Ya te he dicho que ... Jamás podrá... ganarme.. ese deshgraciado hijo de..._ Cayó de bruces al suelo.
Poco a poco, medio abrió los ojos en una cama de hospital. Tubos saliéndole de los brazos y el suero fluyendo gota a gota. No seguía en el bar pero aún podía ver la nube de humo.
_Joaquín. ¿Puede oírme?_ dijo una voz conocida _Parece ser que esto ha terminado aquí. Debo decir que, tristemente, esto no me duele. Ya había terminado antes. Mi sentimiento estaba muerto. Sabes el resto_
Cerró los ojos de nuevo y pudo escuchar las gotas de suero caer dentro de su bolsita de plástico transparente. Una a una, poco a poco. Tan distantes del mundo. Sentía el líquido entrar en su cuerpo, circular libremente por sus venas, llegar a sus entrañas inmóviles. Parecía no haberse movido en mucho tiempo. No podía ser real. Su mujer le amaba.
_¿Qué?_ alcanzó a articular
Su mujer estaba saliendo cuando regresó como si algo se le hubiese olvidado.
_ ...El divorcio, Joaquín, hubiera sido aconsejable antes de cualquier otra cosa, pero... _
_Es.. ¿Que acaso ya no me amas? Ni siquiera, por lo menos... ¿Me quieres? ¡Qué va! ¿Me aprecias, me estimas?_
_ ...He superado cualquier sentimiento que pudiese haber tenido hacia ti. Pasé por el estúpido enamoramiento, sucediéndole el dolor y la depresión extrema. Pasé por el más cándido odio, sentí rabia. Mi ira se calmó y he terminado en una indiferencia imborrable. No hay más dolor... _
_Indiferencia. ¿Así debe terminar? _
_ ...Siempre hubo alcohol de por medio. Alcohol e indiferencia. Bella combinación. Hasta nunca, Joaquín_
Una lágrima rodó por su mejilla al escuchar los tacones lejanos. Se sentía morir, debía morir. Levantó una mano y alcanzó el botón del bypass. Lo presionó sin titubear. Sintió los párpados caer lentamente. El ruido de las máquinas se fue apagando y se sintió flotar. Era ahora más liviano que el mismo aire que entraba a sus pulmones. Miles de ideas pasaron por su cabeza. Todas se concentraron, finalmente, en una sola. Era su mujer la culpable de todas sus desgracias. Nada había vuelto a ser como antes desde que ella le hubiera engañado hábilmente con el tipo de los labios finos y el traje caro.Y ahora le dejaba. Ella tenía la culpa de que se hubiera sumido en el alcohol y el juego. Era acaso tiempo de cobrar las cuentas, pagar las deudas e irse a casa. No era tan difícil. Una sola vez mas. Recobró las fuerzas suficientes, la voluntad volvía a su cuerpo al igual que su peso. Podía hacer una última cosa antes de darse un tiro. Una última cosa.
Se levantó. Miró a su alrededor, seguía bloqueando su vista una densa niebla blanca. Atravesó la puerta, el pasillo estaba vacío. Salió del hospital y se dirigió a su casa. Sintió el asfalto debajo de sus pies. La dura roca le raspaba los talones, el aire agitaba su cabello lleno de sudor y restos de alcohol. Escuchó atentamente el cantar de los pájaros. El susurro de la brisa. Sintió el sol pegarle de frente. Ni un solo ruido rompía la armonía. ¿Dónde quedaba su casa? ¿En dónde estaba? ¿Hacia dónde seguía?
_Adiós Joaquín_ susurró alguien a sus espaldas. Giró la cabeza. No había nadie.
Debía seguir hacia adelante. Todo hacia adelante. La segunda calle a la derecha, después del octavo semáforo. Aún le quedaba bastante camino por delante, pies descalzos y alma abierta. Una sed de venganza disfrazada de tranquilidad. Quizás pasaría por la pastelería y le compraría uno de esos pays a la destructora de su vida. Un último gusto antes de morir. Es un mundo extraño. Quizás solamente le atestaría una cuchillada. No por la espalda, no. Debía verla a la cara. Sería una oportunidad que no debía perder. Había recorrido ya medio tramo sin darse cuenta. Ya no sentía las piedras a su paso. Miró al cielo y escuchó un saludo a su lado. Le devolvió la sonrisa a un chico que regaba su jardín, éste le hizo una pregunta. Se acercó un poco para escuchar mejor y se dio cuenta de que no era a él a quien le hablaba. Miró al otro lado de la acera y vio al vecino de tan aparentemente amable joven que soltaba una risotada seguida por la del otro. Se sintió ofendido por tan cruel burla a su distracción y continuó su camino. Quizás no pasaría por el pay. Gastar su dinero en alguien que habíale hecho tanto daño parecía más bien hipocresía. Gastar su esfuerzo y energía también, pero era más satisfactorio. Miró de nuevo al cielo mientras caminaba. Comenzaba a hacer frío y las nubes anunciaban lluvia. Definitivamente no iría por el pay. El piano de una casa cercana daba un aire melancólico y bohemio al ambiente. No había gente en la calle. Había pasado ya siete de los semáforos y el último de ellos se vislumbraba lejano.
_Adiós Joaquín_ escuchó a sus espaldas. Miró con el rabillo del ojo, discretamente. No había nadie.
Dobló a la derecha al llegar al último semáforo, los pies le pesaban. La tercera casa de la izquierda. La casa de las cortinas azules. Las ventanas seguían abiertas. La dueña de su vida estaba en casa. La mujer que le mantenía con vida había dejado de hacerlo y parecía haberse empeñado en arruinarle. Al acercarse pudo escuchar una voz masculina y la risa que tan bien conocía. Una risa cálida que le helaba la sangre y le hacía estallar la cabeza. Tomó las tijeras del jardín, aún mojadas y subió la escalera. Aquélla puerta siempre estaba abierta, siempre. Uno por uno los escalones, con cuidado. Sin hacer ruido. Hoy la puerta no estaba abierta. Agobiado, se quedó allí parado por unos momentos. ¿Por qué la puerta no estaba hoy abierta? Finalmente optó por la segunda opción, la ventana.
La casa se sentía igual que siempre, igual que nunca. Las mismas flores en el mismo florero, en el mismo lugar. Nada parecía haber cambiado. Nada excepto una cosa. Su presencia allí ya no era deseada, ya no era necesario. Ya no era su casa. ¿De dónde provenía la risa cálida y la voz masculina?
Subió las escaleras. Cuidado. Cuidado. Casi tropieza al llegar arriba. En la recámara podía verse el tenue resplandor de velas. Ya había comenzado a obscurecer, lloviznaba. Un trueno interrumpió el silencio. La mujer soltó una exclamación y luego rió. A su risa se unió la otra y conformó un coro infernal para el celoso corazón.
_No lo hagas, Joaquín_ dijo alguien a sus espaldas_ No te agradará el resultado_ giró la cabeza violentamente, con las tijeras en las manos, dispuesto a atacar al dueño de la voz. No había nadie.
Irrumpió, desesperado, en la habitación. La que alguna vez fue dueña de su vida volteó, asustada.
_Esta vez, Virginia, no has de salirte con la tuya. Pudiste ser por siempre mi princesa. Pudiste hacerme por siempre tu esclavo. Pudiste. Pero no lo quisiste, y ahora... Ahora no soporto el que otro te posea. ¡Al diablo!_ se abalanzó sobre ella, las tijeras hacia su fino cuello. Ese cuello había sido dueño de toda su pasión, cuna de sus besos. Sus sueños se habían condensado en aquel cuello para terminar siendo la perdición. El metal que sostenía en las manos le libraría de ese cáncer espiritual tan doloroso, la sangre que saliera lavaría sus heridas. Sentiría alivio después de ello. Lo atravesó, casi sintió la piel rasgarse, pudo escuchar la débil exhalación que logró emitir su víctima. Atravesó su cuello pero no salió una sola gota de sangre.
Virginia cerró la puerta tranquilamente. Miró de nuevo hacia la habitación y le sonrió a su amante.
_No fue nada cariño_ dijo el hombre de finos labios sentado en la cama, devolviéndole la sonrisa _Es sólo el viento. No te asustes_
_He estado un poco asustadiza últimamente_
_Después de tanto tiempo. Se que te costó trabajo tomar la decisión, siempre es difícil. Pero sabes que fue lo mejor_
_Lo sé, y aún así lo siento cerca_
_Es tan sólo una vaga sensación. Se pasará_
_Me siento culpable, lo último que le dije... _
_No te sientas así. No lo mataste. Una muerte cerebral es prácticamente muerte total. Ya estaba muerto. Hiciste lo mejor al presionar ese botón_
_Tal vez en un universo paralelo cada persona encuentra su alma gemela. Quizás viví en ese universo alguna vez y ahora deambulo por este mundo en busca de la esencia que me complementaba. Quizás por eso me siento tan vacía. La boca me sabe a recuerdos. Y sin embargo he olvidado todo. Mis más recientes experiencias, aunque divertidas, me agobian un tiempo y se pierden. El frío se ha ido. El calor no ayuda, no llueve. Hay un descontento general en mi ser. Quizás jamás pueda regresar al universo anterior, quizás no sea mi destino volver a sentir, habiendo eliminado o tasajeado los sentimientos de tanta gente alrededor mío. Viviendo tan lejos como vivo del cielo o el infierno. No tomes mis palabras vacías como lo que son, palabras. Tómalo como lo que jamás será, infinidad de expresiones llenas de emoción. Olvida mi voz, mis ojos y mis ideas. Tal vez más tarde, tal vez mañana, cuando esta unidad de tiempo llamada horas alcance uno más de sus periodos inexorables. He dejado de ser lo que era para convertirme en lo que jamás quise ser. No vale la pena que intentes comprender. Vete. Deja atrás tu maraña de dudas y conserva un solo pensamiento, el que más gustes, el que más te reconforte. Si no te vas, tendré que marcharme yo. Libera tus lágrimas si lo necesitas. Pero tan sólo por el tiempo necesario. Cuida de no rayar en la exageración. Piensa en mis consejos. Sabes dónde está la salida. No dejes esa flor, me hará sentir como muerta. Ahora me voy. Fue un placer hablar contigo _
Caminó segura hacia el puente. El viento revolvía su cabello. ¿Qué pasó con aquélla chispa de felicidad que irradiaba hacía unos años? ¿Dónde es que la ha dejado? Su alma se desgarra ante mis ojos y no hay nada que yo pueda hacer. Es irremediable. Estrujo la flor entre mis manos y no puedo soltarla. La haría sentir muerta. Quisiera gritarle que volviera pero la voz se me atora en la garganta. No siento las lágrimas resbalar por mis mejillas, no puedo gritarle, no puedo moverme. Pero debería sentirme un poco mejor por poder cruzar unas últimas palabras con ella, puede que jamás la vuelva a ver. Ahora se pierde de mi vista, su silueta se va mimetizando con el cielo. El amor de mi vida está huyendo de mí. El amor de mi vida dijo lo que sentía, de manera dura y directa, como solía hacerlo siempre. Expresó su sentir ante mí, el único que jamás lo comprenderá. Me pidió no dejar la flor. Se que lloraba por dentro, se que al decir lo que dijo se apuñalaba el interior. Quizás no pueda volver a verla jamás, no pueda volver a mirar sus ojos. Sollocé un tiempo más en silencio, conteniéndome. Caí al suelo hecho un mar de llanto después de unos minutos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al darme cuenta de que jamás volveria. Me pidió no dejar la flor. El amor de mi vida me pidió no dejar la última flor. Me puse de pie y miré a mi alrededor. Estaba solo. Los pájaros habían callado y no había un solo ruido. Miré la flor machacada entre mis palmas, me había teñido de rojo. Observé la banca de piedra debajo del árbol reseco, inspirador. La lápida a mi lado tenía tierra fresca, aún podían verse las huellas de los deudos. Sentí de nuevo el escalofrío. Si tan sólo pudiera volver a tenerla junto a mí. Me pidió no dejar la flor. No quiso admitirse muerta.









